Ramon Olasagasti publicado el agosto 28, 2009 09:53

La habitación vuelve a recobrar su aspecto habitual. Los críos ya no asoman por la puerta insistiendo en que quieren dormir en la tienda. Alberto Iñurrategi, Juan Vallejo, Mikel Zabalza y servidor hemos desmontado ya la cámara de hipoxia que ha sido nuestro dormitorio este mes de agosto y estamos ya camino de Katmandu. Se terminaron las noches de insomnio escuchando esa especie de aspiradora ensordecedora que exhalaba aire a modo de fuelle incansable. Iniciamos la fase de pre-aclimatación durmiendo sobre los 3.000 metros y estas últimas noches hemos descansado a unos 5.000 metros, algo mas alto que la cima del Mont Blanc.
Ha sido un agosto hipóxico. Las noches en la cámara, sobre todo al inicio, eran un duermevela continuo en el que no era fácil distinguir si uno estaba dormido, despierto o soñando que dormía. Sueños no han faltado: recuerdo vagas imágenes sobre un Toyota desvencijado dando tumbos por pistas polvorientas y una sensación de ahogo no se si producida por la misma cámara o por imaginar que viajaba ya sobre el altiplano tibetano. Y pesadillas, donde la tecnología fallaba una y otra vez, agudizando esa sensación de falta de aire. Uff, no os podéis hacer a la idea del gran alivio que suponía abrir cada mañana la cremallera de la tienda y respirar la primera bocanada de aire puro, sin oxigeno reducido.
Gracias a la cámara de hipoxia, algo ha subido nuestro hematocrito pero estamos aún a niveles muy lejanos de dar positivo por EPO endogeno y de los niveles que alcanzan los alpinistas en una montaña de 8.000 metros. Por el contrario, los tres expedicionarios coinciden en que estas noches hipóxicas les han quitado chispa para los entrenamientos, como si la falta de oxígeno les restara también fuerzas. Confían, sin embargo, que a la larga esta nueva experiencia dará sus frutos, ya que según los estudios el cuerpo necesita unas seis semanas para obtener los beneficios derivados de la exposición a un entorno hipóxico, en lo que se ha dado en llamar "live hight - train low" o "vivir arriba - entrenar abajo".
La última noche dispuse el simulador de la cámara de hipoxia aproximadamente a 5.700 metros. A la mañana siguiente, mientras desmontaba el tinglado, pensaba que en menos de una semana dormiremos en otra tienda y a 5.700 metros, pero sin simulador de por medio. Que esa imagen mil veces visionada en fotos, incluso en sueños, de la cara norte del Everest, será nuestro telón de fondo, nuestro campo de juego donde bregaran Alberto, Juan y Mikel por ese sueño tan perseguido. Y todo será real. Incluso el dolor de cabeza, que esperemos no nos afecte tanto gracias a la pre-aclimatación realizada en casa.
Por mi parte, se cumplirá un gran sueño: poder narrar una expedición desde sus entrañas, en vivo y en directo. El propósito de Alberto, Juan y Mikel, escalar el corredor Hornbein en el más puro estilo alpino, es además de un gran fin alpinístico, el proyecto que a cualquier periodista de montaña le gustaría vivir y contar. Como narrar una final de Champions o una etapa de esas míticas del Tour, donde el escenario, el reto, la filosofía y los protagonistas coinciden con lo que uno considera Himalayismo de vanguardia.
Esta agosto hipóxico toca su fin y los sueños van camino de convertirse en realidad. Que así sea.