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Estamos en el Campo Base Chino, a 5.000 metros. El viaje desde Katmandú hasta aquí ha sido fulgurante: en escasos 3 días hemos alcanzado prácticamente la base del Everest. Ayer, jueves, lo vimos por primera vez, aunque solo asomó la puntita. Hoy si, hoy se nos ha mostrado en todo su esplendor. Alberto, Mikel y Juan ya no se sorprenden tan fácilmente pero para uno que lo contempla por primera vez, la impresión es, como decirlo… pongan ustedes el superlativo que quieran, que con la altitud mi mente ya no alcanza a escoger el adjetivo idóneo para describir el flash.

Igual de sorprendente ha sido el camino hasta aquí. Desde Zagmu, primer pueblo tras la frontera china, hasta Lhasa, han construido una carretera que dejaría atónito al mejor ingeniero de allí: una serpiente de asfalto asciende sobre escabrosas laderas hasta el altiplano tibetano. Ha sido un trabajo de chinos, no cabe duda; el término adquiere aquí su máximo esplendor. La carretera continúa después sobre la árida estepa tibetana, en terreno más franco. Campos de cereal y prados adyacentes al río tiñen de verde un paisaje ocre de dimensiones extraordinarias. Campesinos tibetanos laborean en los campos, recogiendo el cereal, y yaks, ovejas y cabras pastan a sus anchas.

Dejamos atrás el cruce que lleva a la cara norte del Shisha Pangma, y continuamos a Tingri. Cientos de perros nos reciben a un lado y otro de la carretera. Tingri es una especie de pueblo fantasma construido al amparo de la carretera que conduce a Lhasa, donde manadas de perros vagabundean por las calles buscando alimento entre la basura y manteniendo las ratas a raya. El originario pueblo tibetano ha quedado relegado a un lado, igual que su cultura y tradición milenarias. Alberto, Juan y Mikel han aprovechado la tarde para subir a una loma que está a 500 metros de desnivel por encima del pueblo. Las sensaciones han sido buenas, comentan a la vuelta.

La verdad, la altitud nos debería afectar más en el lugar donde nos encontramos. Yo no consigo conciliar un sueño profundo, noto que la frecuencia de respiración ha aumentado y en movimientos bruscos el corazón late como un tam-tam acelerado, pero la cabeza no duele y eso es lo importante. Alberto, Juan y Mikel se encuentran mejor, no notan tanto los síntomas propios de la altitud. Parece que la cámara de hipoxia y el protocolo que hemos seguido durante el mes de agosto si ha dado sus frutos. Por fin, lo podemos decir y corroborar: ¡funciona! Siendo sinceros, con las sensaciones y los análisis de casa, más que escépticos estábamos algo incrédulos. Haciendo un chiste malo, pensábamos que todo iba a resultar un cuento chino. Pero no, funciona. El resto de expediciones que han seguido la ruta hasta Tingri -la gran mayoría de grupos al Cho Oyu, y otros al Shisha Pangma-, han realizado una marcha de aproximación más conservadora, como suele ser habitual. Nosotros hemos decido arriesgar y saltarnos algunas etapas, para llegar cuanto antes a la montaña y, por que no decirlo, para evitar días muertos en pueblos como Tingri, donde la comida, el olor, los incesantes ladridos de los perros y el trato de los chinos hacen poco agradable la estancia.

Mañana llegaremos ya a nuestro Campo Base, a 5.700 metros. Una pequeña caravana de yaks nos acompañará trasportando en sus lomos todos nuestros bidones de material. El Everest está ahí mismo, vestido de un blanco impoluto por las nevadas caídas durante el monzón. Dios, que grande y bonito es.

Puntue

Comentarios

Gaizka
# Gaizka
martes, 08 de septiembre de 2009 0:04
Ramontxo, da gusto oir cómo lo vives y lo narras.
He estado dándome un paseo por las faldas del Everest. Venga txabales, mucho ánimo y fuerzas!!! Tope de ánimos y vibraciones positivas!!


AUPA LAUKOTE!!!
Kike
# Kike
martes, 08 de septiembre de 2009 19:45
Bien, bien, parece que ha merecido la pena sufrir unos días en la cámara...

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