El día en que Juan, Alberto y Mikel bajaron del primer intento, quedé impresionado con la inmensidad de la cara norte del Everest. Y pensé que más o menos así se sentirían los integrantes de la expedición Tximist al Everest de 1974 cuando contemplaron la montaña desde el sur: perplejos ante las dimensiones de la gran mole del Everest. Y, al mismo tiempo, me pareció que aquella era la evolución lógica de nuestro Himalayismo: si hace 35 años el reto era subir el Everest por su ruta normal hoy debería ser ascenderlo por el corredor Hornbein y en estilo alpino. Pensamientos ingenuos, pues la evolución de estos años dista mucho de ser ésa.
Los montañeros que en la década de los 70 tuvieron ocasión de venir al Himalaya tenían una desventaja de varios años respecto a los países alpinos. Italia, Alemania, Austria, Francia, Inglaterra llevaban ya años escalando ochomiles y organizando expediciones. De todos modos, aquella generación bebió de la escuela y filosofía alpinas. Eran montañeros curtidos, tal y como demuestran las rutas encadenadas en Alpes y las montañas vírgenes ascendidas en los Andes en aquella expedición de 1969. En aquellos tiempos ir al Himalaya e intentar ascender un ochomil era ya suficiente reto. Mucho más tratándose del Everest.
A ello se dedicaron en cuerpo y alma los años 1974 y 1980 Lorente, Rosen (padre de Juan), Uriarte, Villar, Erro, Zabaleta, De Pablo y otros más. Así llegaron la ascensión del Dhaulagiri y del Everest en 1979 y 1980 respectivamente; después, cada uno optó por su camino. Los navarros se fueron al Jannu; De Pablo y Zulu subieron al Nanga Parbat… Poco a poco los montañeros vascos fueron recorriendo el camino que otros habían realizado años atrás. Algunos incluso trataron de apostar por la dificultad y la apertura de nuevas vías: Zulu y De Pablo, por ejemplo, unieron sus fuerzas a un grupo polaco e intentaron abrir una nueva ruta en el Yalung Kang; los mismos protagonistas junto Alberto Posada abrieron una nueva ruta en el Mazeno Peak; Atxo Apellaniz, Juanito Oiarzabal, Zulu y De Pablo intentaron escalar el Pilar Oeste del Makalu en 1989, Manu Badiola se unió a los catalanes para intentar superar el Lhotse Shar… El fin de la década de los 80 llegó con la expedición Sagarmatha y el intento realizado a la pared suroeste del Everest o vía Bonington.
Es decir, en ese recorrido de recuperar el tiempo perdido, algunos trataban de buscar la originalidad y la dificultad, a pesar de seguir la estela que otros montañeros habían trazado tiempo atrás. Y a partir de la década de los 90 otros tantos han procurado y procuran seguir esos pasos en busca de rutas más originales y de mayor dificultad. Ahí están, por ejemplo, la ascensión al Lhotse Shar de 1990, la culminación de la ruta Cesen del K-2 en 1994, la ascensión el mismo año de la arista norte del K-2, la escalada de la ruta británica del Shisha Pangma en 1996, el intento de abrir una nueva ruta en la arista sureste del Broad Peak et 1997, la ascensión de la arista sur sureste del Annapurna en el 2002, el intento de culminar una nueva ruta en la cara norte del Gasherbrum II en 2006…
Ascensiones e intentos de gran mérito, pero sobre la huella trazada por otros, años antes. Al mismo tiempo que han ido intercalándose esos intentos y ascensiones, poco a poco la tendencia ha sido replegarse cada día más a las rutas normales de los ochomiles. Casi sin darnos cuenta, el único objetivo de conseguir la cima, de ascender la montaña ha ido prevaleciendo en contra de otros principios y valores.
Podemos estar orgullosos si lo que cuenta es el número de ochomiles, pero si miramos a la innovación y a los verdaderos valores del alpinismo, tenemos que bajar a otro tipo de montañas, porque es ahí donde reside la verdadera fuerza de nuestro alpinismo. Hemos de poner en valor todas esas vías escaladas en Alpes, Andes, Patagonia, Baffin, etc. Y lo mismo en el Himalaya: nuestros escaladores han abierto y repetido cantidad de vías en seismiles y sietemiles de gran dificultad. Por citar algunos ejemplos, ahí están la ruta abierta en el Dunagiri, la vía Ludopatia en la Changui Tower, la vía Namkor en el la pared del Amin Brakk, Intsumisioa en la Torre sin Nombre de Trango, la repetición del Espolón de los Noruegos en la Gran Torre del Trango, las escaladas realizadas en el Kusum Kanguru, en el Shivling, en el Bhagirathi y en otras tantas montañas.
Esa es otra de las varas con la que medir el montañismo vasco. En los ochomiles, salvo los ejemplos antes citados, estamos bastante por detrás del resto. Conviene tenerlo en cuenta.
Y a pesar de todo, siguen siendo los ochomiles las montañas de culto. “Cuantos ochomiles tienes?”, se sigue preguntando todavía, como si la cantidad demostrase el nivel de un montañero; dicho de otro modo, como si el numero de libros escritos o los maratones completados diesen la talla de un escritor o un corredor. No, es verdad, no es fácil ascender un ochomil, es un reto físico de gran envergadura que no está al alcance de cualquiera. Pero también es verdad que estos últimos años, desde que alcanzar la cima se prioriza por encima de todo, todo es más sencillo: hoy en día, cada vez en más montañas, sobre todo en las rutas normales, se colocan cuerdas fijas casi hasta la cima, la ayuda de sherpas es habitual, se utiliza oxígeno con más asiduidad y la tarea de abrir huella se comparte con más expediciones. La cumbre merece eso y más, según la visión de algunos.
Por supuesto, los medios de comunicación también tenemos mucha culpa en todo esto. Metemos en el mismo saco todas las expediciones que acuden al Himalaya sin diferenciar por qué ruta van y en qué estilo, y les damos el mismo tratamiento. Sólo por coronar la cumbre les alabamos hasta cotas inimaginables y obviamos muchos detalles de la ascensión. Los medios, al igual que los propios montañeros, priorizamos la cumbre por encima de todo.
La tendencia de hoy en día es justo la contraria a esa evolución lógica que mencionábamos antes. Está claro que un grupo que va por primera vez al Himalaya no se va a aventurar a abrir una nueva ruta en el Cho Oyu. Hace falta experiencia para adentrarse en ciertas vías. Pero, sea como fuere, y por mucha experiencia que se tenga, la posibilidad de subir un ochomil más, de sumar 8, 14 o 2x14 resulta demasiado tentadora para algunos. Y eso siempre resulta más sencillo siguiendo las rutas normales. Y es totalmente lícito, claro. No hay nada malo en ello, siempre y cuando se cuenten las cosas como son, sin esconder nada y sin medias verdades.
Además de reflejar cuál es el sitio de nuestro montañismo, este escrito quiere ser un alegato a la honestidad. Por parte de los periodistas para contar las cosas tal y como son, en la medida de lo posible. Y otro tanto por parte de los montañeros. Si se ha fijado cuerda hasta la cima, si han sido los sherpas quienes han abierto la ruta o si ha habido algun otro grupo que ha ido por delante, si se ha utilizado oxígeno, o si en la misma ruta había otras 6 expediciones, todo eso hay que contarlo.
Si no, dentro de 35 años quién sabe donde estará nuestro montañismo.